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title: "Rambal, el personaje asturiano cuya historia emocionó a Rodrigo Cuevas y decidió homenajear con Rambalín"
url: https://latitudsavia.com/2026/06/29/personas/entrevistas/rambal-gijon/
date: 2026-06-29T12:43:07+02:00
modified: 2026-07-01T22:02:02+02:00
author: "Sofía Prendes Valdés"
description: "Alberto Alonso Blanco, Rambal, vivió abiertamente su identidad en el Gijón franquista. Su asesinato en 1976 nunca se resolvió. Rodrigo Cuevas le devolvió la voz."
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# Rambal, el personaje asturiano cuya historia emocionó a Rodrigo Cuevas y decidió homenajear con Rambalín

Hay barrios que se cuentan por sus monumentos y barrios que se cuentan por sus vecinos. Cimavilla, el promontorio de piedra que corona Gijón sobre el Cantábrico, se cuenta por un hombre que nunca quiso pasar desapercibido: Alberto Alonso Blanco. En las calles empinadas, en la sidra que cae en parábola dentro de los chigres, todos lo llamaban Rambal.

## Un barrio que ya tenía sus propios personajes

Cimavilla no necesitó nunca una ruta turística para tener identidad. Es el núcleo más viejo de Gijón, calles estrechas que huelen a salitre y a fritanga, casas apretadas contra el viento del mar. El barrio creció mirando al puerto y viviendo de él, con pescadores, cigarreras y gente de mar que llenaba los chigres desde el amanecer.

Antes de cualquier placa conmemorativa, Cimavilla ya reconocía a los suyos por el nombre y no por el apellido. Rambal era uno de ellos, transformista y figura pública en los años sesenta y setenta, cuando eso significaba jugarse algo cada vez que salía a la calle. No hacía falta que actuara en ningún local para ser conocido. Bastaba con caminar por el barrio siendo quien era.

## Vivir con nombre propio bajo una dictadura

España tenía entonces una ley, la de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, heredera de la de Vagos y Maleantes de 1954, que permitía fichar, detener y recluir a quien el régimen considerase una amenaza social. Homosexuales y transformistas entraban en esa categoría con una facilidad brutal. No hacía falta cometer delito alguno, bastaba con ser identificado como tal para acabar en un centro de internamiento.

Rambal no se escondió en ningún reducto de tolerancia porque no existía tal cosa en el Gijón de la posguerra industrial. Vivió su identidad en Cimavilla, ante sus vecinos, entre humo de fábrica y olor a mar. Esa visibilidad, en ese contexto, no era un gesto estético ni una provocación calculada. Era resistencia diaria, sostenida sin discurso, solo con la costumbre de no ocultarse cuando todo el sistema le pedía lo contrario.

Convivir con esa presión durante años, sin abandonar el barrio ni cambiar de vida, tiene un peso que hoy es difícil de medir. No dejó escritos, no dejó manifiestos. Dejó una forma de estar en la calle que el vecindario decidió no olvidar.

## El incendio que la justicia nunca explicó

En 1976 lo mataron en su propia casa. La vivienda ardió después, y con ella se llevó cualquier rastro que pudiera haber servido para identificar al culpable. Nadie fue detenido, nadie fue juzgado, y el caso se cerró en falso, como tantos expedientes de aquella Transición que prefirió mirar hacia otro lado antes que remover ciertos nombres incómodos.

El contexto no ayudó. 1976 es un año de bisagra política, con la dictadura agonizando y las instituciones más pendientes de gestionar el cambio de régimen que de investigar el asesinato de un transformista en un barrio popular. La muerte de Rambal quedó, durante mucho tiempo, como un suceso de crónica negra sin mayor trascendencia oficial.

Durante décadas, la historia no vivió en ningún archivo ni en ninguna hemeroteca consultada con frecuencia. Vivió de boca en boca, de chigre en chigre, transmitida por quienes lo conocieron antes de que nadie hablara de memoria histórica como concepto o como política pública. Esa transmisión oral es, en sí misma, un dato: Cimavilla decidió recordarlo por su cuenta, sin esperar a que nadie le diera permiso.

## De la memoria oral a la canción

Rodrigo Cuevas, que trabaja la tradición oral asturiana como material vivo y no como pieza de museo, encontró en Rambal justo el tipo de figura que le interesa: alguien que el canon oficial ignoró pero que el pueblo se negó a soltar. De ahí nació «Rambalín», una canción que no inventa nada, que se limita a coger un nombre que ya circulaba por Cimavilla y ponerle un ritmo que pudiera viajar fuera del barrio.

Ese gesto tiene una lógica muy asturiana: el folclore, bien entendido, no es decoración de postal, es archivo con música. Cuevas ya ha explicado en distintas entrevistas que su interés no es rescatar figuras exóticas, sino devolver al repertorio popular a quienes el relato oficial dejó fuera por incómodos, por afeminados, por sobrar en la foto de la historia contada desde arriba.

La canción hizo lo que el archivo no había hecho todavía: llevó el nombre de Alberto Alonso Blanco a quien nunca pisó Cimavilla ni lo vio en vida, a quien no tenía abuela que le contara la historia en la cocina. Amplió el círculo sin traicionar el origen, que es lo único que le pide la tradición oral a quien la recoge y la canta.

Gijón terminó levantando una estatua cerca de donde vivió. No es un monumento genérico ni una figura decorativa más en el callejero. Es una ciudad reconociendo, con retraso pero sin ambigüedad, a un vecino que vivió con franqueza cuando el mundo entero, la ley incluida, le pedía silencio. Quien sube hoy las calles de Cimavilla despacio, sin prisa por llegar al mirador, puede todavía sentir por qué el barrio nunca lo dejó caer en el olvido.
