En los foros de fotografía nocturna y en los grupos de amanecer y atardecer, un nombre se repite desde hace años: Gueirúa. No hay actor ni cantante detrás de su fama, sino un séquito de fotógrafos de paisaje que la consideran parada obligada en la costa occidental asturiana, junto a geólogos, biólogos y algún que otro pescador que aún baja hasta sus rocas.
Santa Marina, la aldea que guarda Gueirúa
Santa Marina apenas suma 170 habitantes y vive pegada al Camino de Santiago, en su variante norte por la costa. El pueblo se asienta a unos seis kilómetros de la villa de Cudillero, en la costa occidental asturiana, y de él sale la única senda que lleva a la playa.

Desde la última calle del pueblo, junto a un chalet azul que sirve de referencia a quien camina, arranca un sendero de kilómetro y medio hasta el acantilado. Allí empieza el verdadero desafío: una escalinata de piedra con más de doscientos peldaños que baja hasta los cantos rodados.
La playa apenas mide 160 metros y tiene forma de concha, cerrada a poniente por un acantilado de 80 metros que cae casi en vertical sobre el agua. No hay arena: el suelo entero es de cantos rodados de cuarcita y pizarra, piedras duras que ruedan bajo los pies y que llevan siglos puliéndose contra el oleaje sin deshacerse.
En el extremo oriental, la roca se levanta en agujas afiladas que parten el horizonte como dientes; es la zona conocida como La Forcada. En el resto, el mar entra y se retira dejando charcos entre los bolos que, en bajamar, se quedan quietos como espejos y devuelven el cielo entero. El color cambia con la luz: gris pizarra bajo nubes bajas, casi negro cuando rompe temporal, dorado si el sol pega de lleno sobre la piedra mojada.
Antes de que existiera el turismo, los vecinos de Santa Marina bajaban hasta aquí para la pesca de bajura y para recoger ocle, el alga que después vendían como abono. Esa memoria de trabajo sigue presente en el silencio del lugar: la zona pertenece al Paisaje Protegido de la Costa Occidental de Asturias y no tiene ni una sola construcción moderna que lo rompa.
Qué ver y hacer en Gueirúa
La Forcada. Restos de una antigua punta de cuarzo y pizarra fracturada por siglos de oleaje cantábrico. Es el rincón que más fotógrafos atrae, sobre todo al amanecer y con marea baja.
Las pozas de marea. Cuando el mar se retira quedan charcos entre las rocas donde conviven cangrejos, estrellas de mar y lapas. Merece la pena caminar despacio y con calzado firme, porque el fondo es irregular y resbaladizo. En los acantilados cercanos anidan cormoranes y gaviotas, que sobrevuelan la cala a diario.
La cetárea abandonada. Bordeando por la derecha la mayor de las rocas de la playa aparecen, casi de improviso, los restos de una antigua cetárea. Un vestigio del oficio pesquero que sostuvo a Santa Marina antes de que llegara el turismo.
Dónde comer en Cudillero, Asturias
Santa Marina no tiene bares ni restaurantes junto a la playa, así que lo lógico es bajar a Cudillero, la villa pixueta que da nombre al concejo, a apenas diez minutos en coche.
Allí, en pleno centro, la Sidrería Casa Mari sirve pescado que llega directo de la rula del puerto, con el pixín y el pulpo como estandartes de una cocina sin artificios. Muy cerca, El Pescador, recomendado por la Guía Michelin, se ha ganado fama por su merluza y su arroz con leche.
El plato que de verdad identifica a Cudillero es el curadillo, una antigua conserva de tiburón que los marineros comían en vigilia y que hoy defiende su propia cofradía. Junto a él, la sidra escanciada acompaña casi cualquier mesa de la villa.
Gueirúa no perdona la subida de las escaleras, pero devuelve algo que pocas playas asturianas dan ya: silencio auténtico, roca desnuda y un mar que sigue mandando en su propio territorio.