La fiebre por el ‘Willy Wonka’ asturiano: el mítico billete dorado que hoy busca media España en los hórreos

De la calle Menéndez Valdés a Porceyo. La historia completa de Chocolates La Herminia, sus cromos, Rumasa y el libro que hoy recupera su memoria.

Latitud Savia · · 4 min de lectura
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La fiebre por el 'Willy Wonka' asturiano: el mítico billete dorado que hoy busca media España en los hórreos
Las claves 5
  1. 1 Chocolates La Herminia nació en Gijón en 1885, décadas antes de que Roald Dahl inventara a Willy Wonka.
  2. 2 La fábrica se instaló definitivamente en Porceyo, concejo de Gijón, en 1978, tras varios traslados por la ciudad.
  3. 3 Sus álbumes de cromos, editados desde 1930, convirtieron cada tableta en una pequeña búsqueda de tesoro doméstica.
  4. 4 La marca acabó en 1996 en manos del grupo de José María Ruiz Mateos, antiguo propietario de Rumasa.
  5. 5 La producción cesó en Gijón en 2004 y se trasladó a la fábrica de Chocolates Trapa, en Palencia.

Willy Wonka escondía billetes dorados dentro de tabletas de chocolate para repartir un premio que cambiaba la vida de quien lo encontraba. Roald Dahl publicó esa fantasía en 1964. Casi ochenta años antes, en Gijón, una fábrica de verdad ya guardaba pequeñas sorpresas de cartón dentro de sus tabletas, sin necesidad de ningún escritor que lo inventara. Se llamaba Chocolates La Herminia y su historia, contada ahora con nombres y apellidos reales, no necesita ficción para sostenerse.

Una fábrica que empezó en un bajo comercial de la calle Menéndez Valdés

Corre el año 1885 cuando Herminio Fernández monta el negocio en la calle Menéndez Valdés, en pleno Gijón. No hay maquinaria industrial todavía. El chocolate se hace a mano, a la taza, en un bajo comercial donde el cacao se muele piedra contra piedra.

La empresa cambia de manos con el tiempo. Toma las riendas Tomás Pañeda, que traslada la producción a la Avenida de Portugal. Pañeda no es un nombre cualquiera en el gremio: era hermano de Enrique, el fundador de Chocolates Kike, otra de las fábricas que competían entonces por el paladar asturiano.

En 1940 llega el propietario que marcará medio siglo de historia: Juan Suárez Martínez compra La Herminia y la dirige durante los siguientes cincuenta años, consolidándola como una de las chocolateras de referencia de Gijón.

La fiebre por el 'Willy Wonka' asturiano: el mítico billete dorado que hoy busca media España en los hórreos

Porceyo, 1978: la fábrica grande y los cromos que enseñaron a esperar

En 1978 la producción se traslada al polígono de Porceyo, en el concejo gijonés, a una nave pensada ya para otra escala. Es la fábrica que recuerdan quienes crecieron en la ciudad en los años setenta y ochenta, con el cacao impregnando el aire de todo el barrio los días de mayor producción.

Desde 1930 la casa edita álbumes de cromos que se incluyen dentro de las propias tabletas, con el mundo animal como motivo principal. Hacia 1960 nace además la marca Plin, con la que la empresa amplía su catálogo y refuerza esa costumbre de coleccionar cromo a cromo hasta completar el álbum.

No estaba sola en ese juego. En Oviedo, Chocolates La Cibeles hacía lo propio con los cromos de Pinín, tan populares que llegaron a patrocinar un club de patinaje. El coleccionismo chocolatero era, para varias generaciones de asturianos, una rutina tan asturiana como la sidra en el chigre.

El final: Rumasa, Ruiz Mateos y el traslado a Palencia

La historia empresarial se tuerce en los años noventa. En 1996 la marca pasa al grupo del empresario José María Ruiz Mateos, dentro de su entramado de Chocolates Trapa. La fábrica de Porceyo sigue funcionando unos años más, hasta que en 2004 la producción se traslada de manera definitiva a la planta de Trapa en Palencia, donde la marca La Herminia se sigue fabricando hoy, lejos ya de Asturias.

La nave de Porceyo queda vacía. Las máquinas callan y el edificio pasa a formar parte de ese patrimonio industrial gijonés que ni se derriba ni se recupera del todo, a medio camino entre el olvido y la curiosidad.

El libro que devuelve la memoria a la fábrica

El Muséu del Pueblu d’Asturies acaba de editar un libro dividido en dos partes bien distintas. La primera la firman Gracia Suárez Botas y Jaime Pire Suárez, hija y nieto de Juan Suárez, que repasan la historia de la empresa desde dentro, con la cercanía de quien la vivió en casa antes que en los libros.

La segunda parte reúne el catálogo completo de los documentos que el museo conserva sobre esta empresa gijonesa, organizados en cuatro bloques: la fábrica, la comercialización de productos, la publicidad y el coleccionismo. Cuatro maneras de mirar la misma historia, la de una fábrica que convirtió el chocolate en costumbre familiar mucho antes de que nadie hablara de billetes dorados.

Quien pregunte hoy por La Herminia en Gijón se encontrará, casi siempre, con alguien que recuerda el sabor exacto de aquel chocolate Plin. No hace falta ninguna fábrica de fantasía para explicar por qué esa memoria sigue tan viva.

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Escrito por Latitud Savia

Firma colectiva de Latitud Savia para piezas de última hora, actualizaciones y contenido elaborado conjuntamente por la redacción.

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