El alambiquero ambulante de Cangas del Narcea, el oficio que hizo nacer el orujo asturiano

Un oficio casi desaparecido explica el origen del orujo asturiano. Viajamos a Cangas del Narcea e Ibias para entender el alquitara de cobre y sus orujadas.

Latitud Savia · · 3 min de lectura
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Alquitara de cobre tradicional en proceso de destilación de orujo artesanal en una bodega de Cangas del Narcea.

Primer plano de una alquitara de cobre destilando orujo artesano sobre una mesa de piedra antigua. Una imagen que captura la tradición del alambiquero ambulante en el corazón de Asturias.

Las claves 5
  1. 1 El alambiquero ambulante recorría las aldeas de Cangas del Narcea e Ibias cargando su alquitara de cobre.
  2. 2 Cangas del Narcea, a 96 kilómetros de Oviedo, conserva la única tradición vitivinícola reconocida de Asturias.
  3. 3 El orujo se destila del magayo, el residuo de la uva tras la vendimia de octubre.
  4. 4 Algunas familias aún guardan turno para compartir el mismo alambique del pueblo.
  5. 5 Comer un pote de berzas y probar el aguardiente de Corias justifica por sí solo el viaje.

No hay ningún actor ni cantante en esta historia. El protagonista es un oficio que casi desaparece: el alambiquero ambulante, el hombre que cargaba su alquitara de cobre a la espalda y recorría las brañas del suroccidente asturiano cuando terminaba la vendimia. Su destino era Cangas del Narcea, y su herencia sigue destilándose hoy en el mismo valle.

Cangas del Narcea, el concejo que salvó la viña asturiana

Cangas del Narcea está a 96 kilómetros de Oviedo, en el suroccidente de Asturias, lindando con Galicia y León. Es el concejo más extenso de la región y el único que sostiene una Denominación de Origen Protegida de vino, reconocida por la Unión Europea en 2014.

La documentación sobre el cultivo de la vid en la zona se remonta al siglo IX. Los monjes benedictinos de Corias continuaron ese trabajo en el siglo XI, y hoy nueve bodegas y más de cincuenta viticultores mantienen vivo el oficio en terrenos de hasta el 80% de pendiente.

Del mosto sobra el magayo: la piel, la pulpa, las pepitas prensadas. Ese residuo, destilado despacio en alquitara de cobre, es el orujo. No sobra nada en esta tierra, ni siquiera lo que parece desecho.

Qué ver y hacer en Cangas del Narcea

El Museo Etnográfico del Vino de Cangas, en el barrio bodeguero de Santiso, guarda una bodega tradicional con lagar de viga de 500 años. Al lado empieza el Paseo del Vino, kilómetro y medio entre las mismas cepas de Albarín y Carrasquín que dan de comer al valle.

El Monasterio de Corias, hoy Parador, fue el centro monástico que impulsó la viña canguesa. Su bodega, Vinos Cangas S.L., todavía elabora aguardiente de orujo con el método de baja temperatura que conserva mejor los aromas primarios de la uva.

Si el viaje coincide con el segundo fin de semana de octubre, la Fiesta de la Vendimia llena las calles de folixa: pisado de uva, degustaciones y el ruido de fondo del Narcea corriendo bajo los puentes del pueblo.

El oficio de leer el magayo

El alambiquero no traía solo la herramienta. Traía el conocimiento para leer el magayo, para saber en qué punto exacto empezar a destilar sin arruinar el lote.

Dominar la alquitara exigía controlar el fuego durante horas, alimentado con leña de roble, evitando que el orujo se quemara y perdiera todo su aroma. Un descuido bastaba para echar a perder la cosecha entera de una casa.

Era un oficio de paciencia y de oído. El goteo marcaba el ritmo de la destilación durante noches enteras en los praos, mientras las familias se turnaban para vigilar el fuego. Ese sonido, hoy casi olvidado, forma parte del patrimonio inmaterial del suroccidente asturiano.

Dónde comer en Cangas del Narcea, Asturias

Sidrería Narcea, en la calle Mayor, sirve un pote de berzas contundente y una ensalada de tomate y ventresca con hortalizas de huerta propia. El chuletón a la piedra se pide sin dudar.

Sidrería Parrilla Suiss, en la avenida del Acebo, cocina berzas propias y compango de casa a fuego lento, receta premiada varias veces en los certámenes locales de pinchos y tapas.

Para cerrar la comida, un chupito de orujo de Corias o de cualquiera de las bodegas cangesas. Frío, seco, con ese punto que solo da un alambique que ha visto muchos inviernos.

El alambiquero ambulante ya no camina de aldea en aldea. Pero cada octubre, cuando el humo sube desde una alquitara de cobre en algún prau de Ibias, su oficio sigue respirando.

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Escrito por Latitud Savia

Firma colectiva de Latitud Savia para piezas de última hora, actualizaciones y contenido elaborado conjuntamente por la redacción.

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