A mil metros de altura el aire todavía huele a hierba mojada y a rescoldo de la hoguera de la víspera. El sol asoma detrás de Peña Santa, casi dos mil seiscientos metros de caliza desnuda, y enciende poco a poco la lámina quieta del Lago Enol. Suben las esquilas antes que las voces. Aquí, en la Vega de Enol, dentro del Parque Nacional de los Picos de Europa, se celebra cada 25 de julio la Fiesta del Pastor, una romería que no se limita a homenajear el oficio pastoril: lo ejerce en directo, con una asamblea que todavía reparte de verdad los puertos de pasto de la montaña.
Las raíces de una tradición de altura
El origen de la fiesta no está en el folclore, sino en la contabilidad de la trashumancia. En 1939, los pastores de la Montaña de Covadonga convirtieron en celebración pública su reunión de trabajo más delicada del verano: el reparto equitativo de los pastos de altura, donde cada rebaño tenía asignado su terreno, y el nombramiento de quien velaría por que las reglas —transmitidas más por tradición oral que por escrito— se cumplieran durante toda la temporada. De aquel conceyu nació la romería que hoy llena la vega.
Lo singular, el verdadero vestigio etnográfico que convierte este enclave en algo más que un paisaje bonito, es que aquel reparto sigue vigente. No se trata de una recreación: tras la misa campestre, la Corporación Municipal y el Consejo de Pastores se reúnen en Concejo Abierto —el conceyu abiertu, a la vista de todos los romeros— para adjudicar los puertos, designar a los celadores que vigilarán su cumplimiento y elegir por votación popular al nuevo Regidor de Pastos. Bajo la gaita y el bullicio de la fiesta, late intacto un acto de autogobierno de la montaña que ya roza el siglo de vida.
Rituales que sostienen la esencia del puerto
La jornada arranca de noche cerrada. Buena parte de los romeros sube a pie desde Cangas de Onís, once kilómetros de senda de montaña, para llegar a la vega con el rocío todavía intacto sobre la hierba. Hacia media mañana, la Capilla del Buen Pastor acoge la misa solemne, oficiada por el Abad de Covadonga, que bendice a hombres y ganados antes de que arranque el día grande. Le sigue, sin solución de continuidad, el conceyu que da sentido a toda la fiesta.
Después, la vega se transforma en estadio de deporte rural. La prueba reina es la escalada a la Porra de Enol, una carrera vertical que trepa por la pared de la montaña y deja a los corredores sin resuello. Le sigue la carrera de caballos corrida «a pelo», sin montura ni artificios —como se hacía antiguamente—, y el concurso de tiro de cuerda, donde dos equipos se juegan el orgullo del pueblo a pura técnica y fuerza. Entre prueba y prueba, los coros y danzas regionales llenan el aire, y la indumentaria tradicional —el dengue cruzado sobre el pecho y el mandil de vuelo en las mujeres, la montera picona en los hombres, las madreñas repicando sobre la hierba húmeda— se luce sin el postureo de una jornada de fotos. Late también el momento más emotivo de la jornada: el homenaje al Pastor y la Pastora de la Montaña de Covadonga del año, vecinos distinguidos por toda una vida dedicada al oficio. Y, cómo no, la gastronomía: los grandes quesos de la comarca, el Cabrales y el Gamonéu, curados en cuevas de estas mismas cumbres, se despachan en los puestos de la vega.
El Valor Antropológico
Lo que distingue a la Fiesta del Pastor de tantas otras romerías de puerto es que aquí la fiesta no sustituye al trabajo: lo escenifica sin disfrazarlo. El Regidor de Pastos elegido en la vega tendrá autoridad real sobre los puertos durante el verano; los celadores designados vigilarán de verdad el cumplimiento del reparto. Pocos rituales festivos de España conservan esta función administrativa viva, y ese dato —más que la belleza del paisaje, que también sobra— es lo que legitima su condición de Fiesta de Interés Turístico Nacional.
El reconocimiento llegó también por otra vía: en 1994, la comunidad de pastores de los Picos de Europa recibió el Premio Príncipe de Asturias al Pueblo Ejemplar, un galardón que rara vez recae sobre un oficio entero y que premió, precisamente, la resiliencia de un modo de vida de montaña que se resiste a desaparecer. Que ese mismo colectivo siga, tres décadas después, subiendo cada año a repartirse sus pastos dice mucho de la solidez de una identidad forjada a la intemperie, sin necesidad de artificio.
La Singularidad de la Edición 2026
La cita de este año llega con una cifra redonda que merece pararse a mirar: en 2026 la Fiesta del Pastor cumple su 88ª edición, casi nueve décadas de conceyu ininterrumpido desde aquel primer reparto de 1939. Y llega, además, en sábado —25 de julio de 2026—, lo que facilita la subida a quienes viven fuera de Asturias y solo pueden organizar el viaje en fin de semana.
Hay un detalle que pocos aprovechan y que este año conviene planear con antelación: la noche del 24 de julio, víspera de la fiesta, es la única de todo el calendario en la que está permitido acampar en la Montaña de Covadonga. Quien sube esa tarde encuentra algo irrepetible —tiendas salpicando la vega, hogueras bajo las estrellas, gaitas que no callan hasta la madrugada— y llega al día grande habiendo vivido ya, la noche anterior, una fiesta de prao a mil metros de altura. Casi nueve décadas después de su fundación, la Fiesta del Pastor sigue demostrando que el patrimonio inmaterial más sólido es el que se ejerce, no el que solo se representa.
Guía de inmersión para el viajero
Cómo llegar: el día de la fiesta la carretera a los Lagos de Covadonga se cierra al tráfico privado. Solo se sube en autobús o taxi; conviene reservar el billete online con antelación (las reservas por internet tienen prioridad sobre las de aparcamiento) y coger uno de los primeros turnos de la mañana, o se corre el riesgo de perderse la misa y el conceyu.
Calzado recomendado: bota de monte, sin excusas. Es alta montaña, con hierba húmeda de rocío incluso en julio y terreno irregular en las cercanías del Lago Enol.
Etiqueta del enclave: es Parque Nacional y Reserva de la Biosfera. Si se acampa la noche del 24, la tienda se monta al atardecer y se recoge a primera hora, sin fuego directo sobre el suelo y sin dejar un solo resto de basura en la vega.
Qué llevar: ropa de abrigo e impermeable pese a ser julio (en la alta montaña se pasa de la niebla cerrada al sol de justicia en minutos) y protección solar.
El plato que no se debe dejar pasar: un cachu de queso de Cabrales o de Gamonéu, comido con el Lago Enol enfrente. Para muchos romeros, es sencillamente la mejor parte del día.