A menos de cuarenta kilómetros de Cangas de Onís, entre los concejos de Onís, Parres, Cabrales y Ribadesella, se despliega un territorio que no cabe en una sola postal. Covadonga, Arriondas, Benia de Onís, Bulnes, Ribadesella y Corao no son escapadas complementarias. Son seis formas distintas de entender el Oriente asturiano, de la roca caliza al mar abierto.
Cada pueblo responde a una geografía propia: la cueva santuario encajada en la montaña, el pueblo fluvial que vive al ritmo del Sella, la capital ganadera que mira hacia el macizo del Cornión, la aldea que cuelga de un desfiladero, la villa marinera donde el río se hace mar y el caserío tranquilo que nadie señala en el mapa. El paisaje no se repite de uno a otro, y tampoco lo hace el paisanaje.
Quien solo visita el puente romano de Cangas y sigue de largo se pierde casi todo el territorio. Vamos a recorrerlo con la calma de quien conoce las carreteras secundarias, no con la prisa del que marca casillas.
La geografía física de los seis pueblos
Covadonga se asienta a unos nueve kilómetros de Cangas de Onís, en una hendidura de roca caliza abierta por el arroyo Deva. Aquí, en el año 722, comenzó la resistencia astur frente al avance musulmán, un hecho que todavía se lee en cada piedra de la Santa Cueva. Un poco más arriba, ya en el corazón del macizo, los Lagos de Enol y de la Ercina completan el santuario con otro tipo de recogimiento, el del agua quieta rodeada de cumbres.
Arriondas, capital del concejo de Parres, está a solo ocho kilómetros de Cangas, en el valle donde el Sella empieza a ensancharse camino del mar. El río marca aquí el pulso del pueblo, con el puente medieval como punto de referencia para cualquier caminante.

Benia de Onís, capital del concejo de Onís, se sitúa a unos quince kilómetros, ya en tierras de mayor altitud. Un tercio de su territorio queda dentro del Parque Nacional de los Picos de Europa, lindando con Cabrales por el macizo del Cornión.
Bulnes, en pleno concejo de Cabrales, es harina de otro costal: a unos treinta kilómetros de Cangas, se llega solo a pie desde Poncebos, por la Ruta del Cares, o en funicular. El pueblo, dividido en el barrio de Abajo y el de Arriba, sigue sin carretera que lo una al resto del valle.
Ribadesella, a unos veinticinco kilómetros por la N-634, es ya costa pura: casco antiguo medieval a un lado de la ría, playa de Santa Marina al otro, y el mar Cantábrico cerrando lo que empezó como río en Arriondas.
Corao, apenas a seis kilómetros de Cangas, es el más discreto de los seis: un puñado de prados y casas de piedra sin apenas tráfico, pegado a la carretera de Covadonga pero fuera de su ruido.
El latido de cada pueblo: senderos, rincones y paisanaje
La Santa Cueva y los Lagos de Covadonga.
Conviene dejar el coche en el aparcamiento de El Repelao o El Bosque y subir a pie los últimos metros, evitando así el atasco habitual de la explanada del santuario. La luz de media mañana entra directa por el hueco de la roca y baña la fuente de los siete caños, donde cuenta la tradición que quien bebe se casa antes de un año. Quien tenga tiempo y piernas, la carretera de montaña hasta los Lagos añade otra hora de curvas que vale cada minuto, sobre todo antes de que suban los autobuses.

El puente sobre el Sella, en Arriondas
Desde aquí parte cada agosto el Descenso Internacional del Sella, la fiesta de las piraguas que arrancó en 1930 y que llena el pueblo de gente y sidra. Fuera de temporada alta, el mismo puente es un buen mirador tranquilo para ver el río bajar limpio hacia Ribadesella, sobre todo a primera hora, antes de que lleguen las canoas.
La ruta quesera de Benia de Onís
Un recorrido circular de unos tres kilómetros que arranca junto al Centro de Visitantes de las Montañas del Quebrantahuesos y enlaza queserías, llagares y molinos. El terreno se embarra fácil tras la lluvia, así que bota de monte y no zapatilla urbana. La ruta termina en la plaza de Benia, donde conviene llegar con hambre.

El barrio que cuelga del desfiladero, en Bulnes
El funicular sube en apenas siete minutos, pero quien elige subir a pie por la Ruta del Cares tarda cerca de dos horas y entiende mejor por qué el pueblo tardó tanto en tener carretera: no la tiene todavía. Desde el barrio de Arriba, la vista del Naranjo de Bulnes justifica cada escalón.
El casco antiguo y la playa, en Ribadesella
La ría separa dos mundos: al este, calles empedradas y balcones de madera; al oeste, la playa de Santa Marina y su paseo marítimo. En la orilla del río, cerca del puente, siguen abiertas las Cuevas de Tito Bustillo, con arte rupestre que no tiene nada que envidiar a Altamira.
La calma de Corao
Sin apenas indicaciones turísticas, el pueblo se recorre en veinte minutos entre casas de piedra y una iglesia del siglo XVIII que rara vez tiene la puerta cerrada. No hay ruta señalizada ni cartel que lo anuncie: es, sencillamente, el sitio donde para el coche quien ya ha visto suficiente gente por un día.
Oficio, tierra y mesa: la despensa del Oriente asturiano
El concejo de Onís es tierra de pastores y de altura, y de ahí sale el queso Gamonéu, curado en cuevas naturales del macizo del Cornión con un punto de humo inconfundible. Se compra directo en las queserías de la ruta de Benia, no en el primer supermercado de carretera.
En Arriondas manda el río, y con él la sidra que acompaña cada parada del descenso. Las sidrerías del centro sirven fabada y cachopo con la misma naturalidad con la que sirven una espicha, sin artificio ni cartel plastificado para turistas.
Covadonga, más allá del santuario, conserva un comercio pequeño ligado a la peregrinación, donde todavía se vende miel de brezo y embutido de la zona alta del concejo, el mismo que abastecía a los pastores antes de que llegara la carretera.
En Bulnes, sin carretera ni reparto diario, la despensa depende de lo que sube el funicular o lo que baja de los pastos de altura: cabrales curado en las mismas cuevas de siempre y una sidra que sabe distinto solo por el esfuerzo de llegar hasta ella.
Ribadesella cambia de registro: aquí el protagonista es el pixín y el marisco fresco, servido en las sidrerías del puerto con la misma calma con la que el río se hace mar a las puertas del pueblo.
Un territorio que se entiende junto, no por separado
Covadonga, Arriondas, Benia de Onís, Bulnes, Ribadesella y Corao no compiten entre sí. Se completan, como completan el paisaje la roca caliza, el cauce del Sella, la majada de altura y la arena de la costa. Cangas de Onís es solo el cruce de caminos que los une.
Quien recorre este territorio con calma entiende algo que ninguna postal explica: el Oriente asturiano se sostiene sobre gente que sigue ordeñando, remando y subiendo a la cueva —o al funicular— cada mañana, mucho antes de que llegue el primer autobús.