Serena Williams entró en una tienda de la calle Cimadevilla, en Oviedo, pidió turrón helado y se marchó sin hacer ruido. No sabía que estaba comprando en el mismo mostrador que abrió Diego Verdú Monerris en 1878. Esa tienda es solo la puerta. La ruta real recorre media Asturias.
Diego Verdú, Oviedo: el turrón que cruzó España en diligencia
Diego Verdú tenía 17 años cuando salió de Jijona con un oficio y sin nada más. Cruzó la península en diligencia mientras sus turrones viajaban por barco, bordeando la costa. Ciento cuarenta años después, la quinta generación sigue en el mismo local de Cimadevilla.
Jesús Verdú, tataranieto del fundador, recuerda la llegada de la primera pasteurizadora automática como el momento en que todo cambió: «fue la repanocha, casi como descubrir la rueda». El helado de turrón, con almendra marcona y miel de romero, sigue siendo el que hace cola en verano.

Hermanos Helio, Candás: el arroz con leche que empezó en un carro
Juan José Heliodoro Fernández aprendió el oficio de un valenciano de Ibi en los años 30, entre romerías y bailes de pueblo. Con sus hermanos recorrió las playas de Carreño y Gozón con garrafas al hombro, antes de abrir el obrador de la Plaza de la Baragaña.
De ahí salió el helado de arroz con leche que hoy sigue haciendo cola en Candás y Luanco, con canela por encima y el arroz cocido esa misma mañana en el obrador.

La Ibense Astur, Gijón: el bombón que no lleva prisa
Vicente Guillem llegó de Ibi en los años treinta vendiendo helado con garrafa y coplas inventadas para atraer clientela. En 1954 se asentó en el barrio de La Arena, y ahí sigue el bombón de nata envuelto en su bolsa plateada, el mismo diseño desde hace décadas.
José Manuel Martínez, yerno de la tercera generación, lo tiene claro: «ese logo y ese envoltorio nunca se van a cambiar». Cada tarde cortan y embolsan a mano hasta mil doscientas unidades.

Heladería Islandia, Gijón: el helado que sabe a fabada
Francisco Noval y Remedios Rodríguez abrieron en 1958 en la calle San Antonio, en pleno bajovilla gijonés. Fue Pepu, uno de sus hijos, quien empezó a meter la gastronomía asturiana entera dentro del cucurucho: fabada, oricios, queso Cabrales, sidra.
Cuentan en Islandia que las primeras pruebas con el helado de oricios fueron un desastre absoluto: el sabor era tan intenso que parecía que el cliente estaba bebiendo agua de mar. Fue Pepu quien, tras noches de pruebas en el obrador, consiguió el equilibrio exacto: la brisa del Cantábrico capturada en una bola de crema.
Iván Noval, tercera generación, sigue ampliando esa carta que atrae tanto al turista curioso como al playo que solo quiere su arroz con leche de siempre.

Helados Revuelta, Llanes: la furgoneta que forma parte del paisaje
Lisardo Revuelta abrió su obrador en 1922. Cien años después, sus bisnietos siguen recorriendo playas y romerías del oriente asturiano con furgonetas que ya son casi mobiliario urbano en Llanes.
Virginia Revuelta lo resume sin adornos: «formamos parte del paisaje de Llanes». El mantecado del abuelo sigue siendo la referencia, hecho con leche de una vaquería del concejo de Porrúa.

Dónde comer helado artesano en Asturias
Ninguna de estas cinco casas pertenece a un grupo ni a una franquicia. Se puede pedir turrón en Cimadevilla, arroz con leche en Candás, bombón de nata en La Arena, fabada helada en el bajovilla gijonés o mantecado junto al puerto de Llanes, y en los cinco sitios abrirá la puerta alguien de la misma familia que empezó el negocio.
Un consejo de maestro: si el helado brilla demasiado en la vitrina, desconfía. El helado artesano, al llevar menos aire y grasas industriales, debe tener una textura mate y opaca. Si el helado parece ‘de plástico’ y tiene una forma imposible, es que tiene un exceso de aire y estabilizantes. En estas cinco casas, la materia prima se nota en que el helado se funde, precisamente, cuando toca tu lengua.
Serena Williams ya volvió a sus pistas. El resto de la ruta sigue esperando, sin cartel de neón ni cola de postureo, con el mismo delantal de siempre.