Entre las gárgolas de la torre, catalogadas con detalle por especialistas en escultura medieval, hay una que se sale de cualquier guion religioso: un sátiro desnudo, tallado en una postura totalmente contorsionada, mostrando el ano como si estuviera defecando. No es un descuido ni una broma de cantero aburrido.
La Catedral de Oviedo es un libro abierto en piedra, pero, como todo buen libro, tiene capítulos que no están hechos para leerse desde abajo. Mientras la mayoría mira hacia la fachada gótica y su única torre, en los aleros y cornisas se esconde una fauna de piedra que rompe con toda la solemnidad del templo.
El sátiro burlón de la torre gótica
Entre las gárgolas de la torre, catalogadas con detalle por la investigadora Dolores Herrero, doctora en Historia del Arte especializada en el estudio de estas figuras, hay una que se sale de cualquier guion religioso: un sátiro desnudo, tallado en una postura totalmente contorsionada, mostrando el ano como si estuviera defecando.

No es un descuido ni una broma de cantero aburrido. Estas figuras grotescas, habituales en el arte gótico europeo, funcionaban como advertencia visual: representaban el pecado y lo terrenal, todo lo que debía quedar fuera de los muros sagrados. Colocarlo mirando hacia el exterior, lejos del altar, era teología en piedra pensada para quien supiera leerla.
El cementerio que nunca fue de peregrinos
Junto al claustro, con entrada vinculada a la cripta de Santa Leocadia, hay un pequeño jardín que todo el mundo conoce como el «cementerio de peregrinos». El nombre engaña: según la propia documentación de la catedral, ese espacio nunca acogió realmente enterramientos de peregrinos.

En el siglo X se destinó a un uso mucho más restringido: fue lugar de enterramiento de los obispos de la diócesis, cuyos restos todavía pueden verse hoy en el pequeño espacio porticado adosado al norte de la cripta. Los peregrinos que morían en Oviedo recibían sepultura en el hospital vecino, no en ese jardín. El nombre popular sobrevivió a la historia real, y hoy sigue despistando a quien lo visita.
Un bestiario que no encaja en ninguna guía convencional
Además del sátiro, la torre reúne una diversidad de figuras que sorprende incluso a quien va buscándolas. Hay grifos de cabeza ladeada repartidos en varias gárgolas, leones de melenas muy distintas entre sí, un águila y varios perros cuyo parecido con los del Monasterio de Batalha, en Portugal, resulta llamativo: podría tratarse de canteros o talleres que trabajaron en ambos edificios, aunque no siempre hay documentación que lo confirme.
El resto del bestiario roza lo insólito. Un carnero con la tráquea muy marcada tiene connotación casi demoníaca, y hay un sapo que posa una mano sobre su propia zona ventral, una imagen tan curiosa como poco frecuente en el resto de catedrales góticas españolas. Entre las figuras humanas aparece un hombre desnudo con la cabeza ladeada y la lengua fuera, otro con melena en franjas, y uno vestido de monje, con un libro en la mano, como si vigilara desde arriba.
Hay también antropomorfos que mezclan lo humano y lo animal sin pudor: una figura con hábito de monja, las manos recogidas en el regazo y pico de ave; un hombre desnudo con pies y manos en forma de hoja, sentado en un gesto muy expresivo; y dos figuras agachadas con la cabeza hacia los pies, en una postura que ningún manual de escultura religiosa explicaría del todo. Entre los demonios, dos llevan senos de mujer y alas membranosas, con rasgos que recuerdan a las gárgolas de la catedral de León, otra pista de posibles intercambios entre talleres medievales.
Las máscaras del claustro: un repertorio distinto
El claustro, construido en los siglos XIV y XV sobre el trazado del anterior claustro románico del siglo XII, tiene un lenguaje propio, muy distinto al de la torre. Sus gárgolas son cabezas de dibujo esquemático y volumen marcado, entre humanas, de perro y de gato, muchas con un aire grotesco cercano a la máscara.
No son las figuras narrativas de la torre, con su sátiro y sus demonios alados, sino un catálogo más contenido, casi funcional, que sirve igualmente para desaguar la lluvia y, de paso, recordar que ni siquiera el claustro más silencioso de la catedral se libra de un poco de humor negro medieval.
¿Quieres jugar a buscarlos?
La Catedral de Oviedo no es solo historia: es un mapa de acertijos de piedra. Con unos prismáticos y algo de paciencia, se puede localizar al sátiro desde la propia plaza de Alfonso II el Casto, sin necesidad de subir a ningún sitio. El resto de la fachada, con sus pináculos y su rosetón, sigue guardando detalles que la mayoría de visitantes pasa por alto camino de la Cámara Santa.
Quien levanta la vista en Oviedo descubre que la piedra también sabe reírse de sí misma, en voz baja y a mucha altura, donde nadie mira si no se lo dicen antes.